27/11/2014

TTIP o la ley de la selva

Si es cierto que hoy el mundo vive en una encrucijada, dos fuerzas están en momento de lucha. Y si es cierto que el sistema al fin y al cabo somos nosotros, se hace cada vez más urgente la necesidad de que empecemos a tomar partido en esta lucha, ya que la realidad parece estar pasando por encima de nosotros sin ni siquiera darnos cuenta.

Existe y se está trabajando en un acuerdo transnacional de comercio que afectará al mundo entero, cambiando muchas de las estructuras ya mínimas de protección y de derechos que nos quedan a los ciudadanos y, por qué no decirlo, a los propios gobiernos. Pero no lo habréis leído en ningún diario, ni en la televisión, ni en ningún medio de comunicación de masas, por lo que una vez más se han visto delatados como auténticos cómplices del poder y no de la ciudadanía y la opinión pública, por las que teóricamente tienen su razón de ser.

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Políticamente, el acuerdo eliminará diferencias entre las normativas estadounidense y europea

El pasado 28 de noviembre de 2011 se creó el Grupo de Trabajo de Alto Nivel sobre Empleo y Crecimiento, con el objetivo de estudiar posibles vías para el incremento de la inversión y el comercio  entre EUA y  la UE. En junio de 2013, UE y EUA anunciaron ‘la solución’: El Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión —TTIP en sus siglas en inglés— . El acuerdo es un tratado de libre comercio, con precedentes históricos y con terribles similitudes, terribles porqué ninguno de ellos ha conseguido los objetivos que se planteaba a nivel social y de empleo, si no todo lo contrario. El NAFTA, por ejemplo, vaticinó a través de la voz de Bill Clinton 20 millones de nuevos puestos de trabajo y al cabo de los años ha destruido un millón de empleos y ha aumentado la precarización de los que han quedado en pie.

El TTIP tiene su razón de ser, en teoría, en que va a crear —dicen las voces más optimistas— dos millones de nuevos empleos, además de un crecimiento del PIB del 1% anual para las economías que une el tratado, EUA y UE. Sin embargo, delante de tan alentadoras cifras, ninguna de las potencias —entre ellas España—  ha hecho públicas estas estimaciones, ni han dicho una palabra sobre el tratado ni lo han incluido como parte de su programa político, para conseguir votantes. Curioso, muy curioso.

Lo que pretende el tratado es reducir al máximo todas las restricciones comerciales que existen entre ambas potencias, las arancelarias y las que no lo son. Los aranceles entre EUA y UE son ya muy bajos, casi simbólicos, existe ya un casi auténtico libre comercio entre ambas potencias. Sin embargo, las restricciones no arancelarias, las que mantienen la soberanía en leyes de tipo, laboral, social, medioambiental y en política económica, sí son muy diferentes a uno y otro lado del océano. Es aquí donde el tratado pretende incidir con más fuerza, y es el auténtico motivo de su creación.

Europa tiene unas normativas a todos los niveles mucho más estrictas que las de los EUA. Para empezar, en la UE existen los Estados de Bienestar más fuertes y extensos del mundo, frente a EUA que tiene el Estado de Bienestar más débil que existe en el mundo Occidental; a nivel de derechos no pueden estar más lejos la una de la otra. Ocurre lo mismo referente a las normativas de consumo, producción, agricultura o uso de productos químicos y transgénicos. En EUA hay decenas de productos químicos y transgénicos que en la UE están prohibidos. En EUA para determinar, por ejemplo, qué productos son peligrosos para el consumo humano, es el propio gobierno quien estudia, concluye y saca al mercado o no dichos productos. En la UE el procedimiento es a la inversa, son las empresas quienes deben probar que esos productos no son tóxicos, y luego el Gobierno los aprueba o no para su consumo.

Las leyes medioambientales son allí mucho más laxas que aquí y, volviéndolo a nombrar, las referentes a derechos sociales son incomparables. Por otra parte, los modelos económicos y de producción difieren a todos los niveles: en la UE el 90% del PIB está constituido por pequeñas y medianas empresas y su destrucción perjudica a sus economías, algo que se ha dicho hasta la saciedad en Europa. EUA tiene un modelo que inversamente está basado en la gran empresa multinacional y en los grandes ejércitos de trabajadores, los llamados técnicamente working-poors —trabajadores pobres—, sólo se cumplen dos de los derechos que establece la Organización Internacional de los Trabajadores de los ocho que se respetan en la UE. Por otra parte, dado su modelo de bienestar y de producción, EUA ostenta la economía más desregulada, neoliberal y de libre mercado del mundo.

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Económicamente, el acuerdo entre Estados Unidos y la Unión Europea afectará al 60% del PIB mundial

Bien, el TTIP lo que pretende es homogeneizar estas diferencias, y que a uno y otro lado estas barreras o restricciones —llamadas contingencias— se nivelen entre ambas partes del acuerdo. Pero el hecho es que, para nivelarse, claramente la UE tendrá que hacer más laxas todas sus normativas, ya que si lo que hace falta es nivelar, la UE forzosamente tendrá que bajar el nivel de sus leyes hacia unas nuevas y menos restrictivas. Como señala Juan Torres López, catedrático en Economía Aplicada y miembro del Consejo Científico de ATTAC, en una entrevista para el portal web DailyMotion, este acuerdo en cuanto a las contingencias va a suponer tres grandes cambios:

1) El acuerdo va a hacer que en el intercambio de productos se establezca una equivalencia: lo que vale allí aquí también, las normas se homologarán y productos que aquí están prohibidos podrán ser comercializados y por tanto consumidos. Algunos ejemplos son la carne de ternera hormonada, las sustancias químicas en higiénicos y cosméticos, la limpieza de pavos y pollos con cloro o un mayor número de productos transgénicos, todos hasta ahora prohibidos en la UE, y la no obligatoriedad de detallar su condición en las etiquetas —otra diferencia fundamental—.

2) Leyes y tribunales específicos para lo que se llama ‘protección a la inversión’. Si un inversor o empresa opera por ejemplo en el mismo sector que el público, puede pedir las mismas condiciones o incluso mejores para competir con éste libremente, y por tanto el sector público quedar desprotegido. Es decir, se homologarían también el sector público y el privado.

3) Todo a través de la creación de tribunales específicos —no públicos y regulares— para este tipo de regulaciones para la protección a la inversión, que la experiencia histórica con otros tratados similares nos dice que son discretos y silenciosos públicamente, es decir que funcionan de espaldas a la opinión pública y normalmente de gran arbitrariedad.

En resumen,  un auténtico y definitivo golpe de gracia a la democracia y a la soberanía de las naciones, a los gobiernos y al sector público. Un golpe definitivo también a las economías emergentes, ya que occidente se alía con occidente —EUA y UE representan el 60 % del PIB mundial—, aunque con la libertad de poder seguir deslocalizando. Y, por fin, el triunfo de una de las dos tendencias en lucha, la de la desdemocratización y el libre mercado, donde el máximo beneficio reina por encima de todo lo demás: naturaleza, individuo, derechos y sociedad.

El tratado sigue en negociaciones; el comisario DeGucht, uno de sus capitanes, asegura que las negociaciones deben ser confidenciales hasta su fin. El acuerdo podría estar en marcha a finales de este año 2014 o principios del siguiente. En España, el 6 de mayo de 2014 IU planteó un referéndum para el TTIP que fue desestimado por el voto en contra de PP, PSOE, CIU, PNV y UPyD, es decir, todos los partidos mayoritarios. Un último dato de interés: nueve de las diez partes que componen los negociadores del tratado están formadas por lobistas y grandes empresas.

Adiós al viejo continente, ¡hello McDonald’s! ¿Qué hacemos?