08/09/2014

El fin del paternalismo del Estado

El paternalismo de Estado está llegando a su fin. La consigna institucional de ‘protección a los buenos ciudadanos’ está perdiendo credibilidad en todas sus formas de persuasión. No ha sido capaz de protegernos de las estafas mundiales orquestadas por la banca ni de los abusos de las multinacionales para obtener ventajas frente a los pequeños empresarios. Por el contrario, los casos crecientes y extendidos de corrupción en el seno de los mandatarios hacen pensar cada día más que es de ellos de quien debemos protegernos y a quienes debemos enfrentarnos. El Estado hoy es un ente con intereses propios que trata al ciudadano como un cliente al que debe satisfacer mínimamente para proseguir existiendo en su poder. Los partidos compiten entre ellos para sus propios intereses. En este delicado intercambio con el pueblo, satisfacen unas necesidades ociosas, económicas y de identidad, para no perder los privilegios que se han agenciado. Hoy ya no escandalizan estos comentarios. El bienestar, la palabra mágica para comprar el alma de los ciudadanos, es la moneda de cambio.

Pero la propia dinámica social está socavando esta pretendida seguridad que el Estado avala con su sello para el ‘buen ciudadano’. Uno de los signos de esta revolución social son las nuevas formas de organización ciudadana que van surgiendo. Lo lamento por aquellos devotos ciudadanos insertos en el sistema de control orquestado por las instituciones oficiales, pero hay que caminar a favor de la sostenibilidad y el aprovechamiento los recursos naturales. Compartir es el nuevo paradigma de la economía colaborativa, que las nuevas tecnologías están dejando aflorar. Es necesario reconsiderar el papel intrusivo del Estado, escondido bajo esta falsa seguridad al ciudadano. No es menos sorprendente el nivel de fiabilidad que subsiste en estos nuevos tipos de intercambio social. Si hubiera habido muchos casos de fraude ya nos lo hubieran hecho saber por sus informativos.

En mi barrio, so pretexto de barullo para el vecindario, no se dan licencias para apartamentos turísticos. El incivismo de algunos y la incapacidad del ayuntamiento para gestionarlo no deberían saldarse con una normativa que capa la libertad de los ciudadanos para compartir su vivienda o cederla a cambio de unos ingresos. Comprendo que el trust bancos-estado-grandes empresas esté atemorizado ante la amenaza de esta economía que tiende hacia la sostenibilidad; tal vez en números enteros signifique un decrecimiento, pero en calidad medioambiental no dudo que significará un significativo crecimiento. No es ningún secreto la presión de los hoteleros para erradicar de los barrios en lo posible este tipo de transacciones.

El que alquila una habitación, está optimizando el aprovechamiento de los recursos naturales y el esfuerzo humano para construir su piso. El que comparte un viaje en coche optimiza el aprovechamiento del carburante que emplearía igualmente viajando solo, o quien alquila su piso se desplaza a otro piso más pequeño o lo comparte con otros. De este modo visto en conjunto, con menos recursos naturales y menos agentes contaminantes, puede preservarse mucho del consumo necesario. Es más sostenible y créanme, esto se siente en el espíritu de las personas que participan de estos nuevos modelos.

Estoy de acuerdo, hay que crear nuevas regulaciones adecuadas para proteger al ciudadano de abusos y de posibles infractores en este nuevo tipo de organización social. Hay que minimizar los perjuicios y fiscalizar las nuevas formas de economía. Considero que este debería ser el papel de las instituciones en su misión esencial de optimizar la convivencia de los ciudadanos. Compartir automóviles, rentabilizar los pisos y cuantas formas surjan para mejorar la sostenibilidad son un adelanto para la supervivencia humana en este planeta.

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