19/01/2015

La masa crítica y la teoría de las catástrofes

En el ámbito de la sociología se denomina masa crítica a la cantidad de personas a partir de la cual un fenómeno concreto tiene lugar y adquiere una dinámica propia que le permite sostenerse y seguir existiendo, incluso crecer. Este concepto tiene su equivalente en física, que considera la masa crítica como la cantidad mínima de material necesaria para que se produzca y mantenga una reacción nuclear en cadena.

Cuando una persona se para en la calle y mira hacia el cielo, normalmente no ocurre nada extraordinario y el resto de la gente continúa su camino, ignorándola. Cuando tres personas se paran y miran al cielo, quizá algunas otras se den la vuelta con curiosidad, antes de seguir con lo suyo. Pero existe un número concreto de personas —en este caso dependería de varios factores como la cultura en la que se desarrolla la escena, la hora o el ancho de la calle— que puede hacer que los demás se detengan y miren hacia el cielo también.

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Si un número concreto de personas se pone a mirar al cielo, puede conseguir que los demás se paren y hagan lo mismo

Hace mucho tiempo que disciplinas como la biología, la historia, la sociología o las matemáticas se han interesado por el fenómeno, principalmente por su enorme capacidad para generar cambios duraderos o permanentes, como especifica la teoría de las catástrofes, que comparte ámbito con la masa crítica y fue planteada a finales de los años 60 por el matemático francés René Thom y muy difundida después por los estudios de Christopher Zeeman, que la aplicaban a las ciencias humanas.

La teoría de las catástrofes es especialmente útil para el estudio de sistemas dinámicos que representan fenómenos naturales —cuyas características no pueden ser descritas de manera exacta por el cálculo diferencial— y representa la propensión de los sistemas estructuralmente estables a manifestar discontinuidad, divergencia e histéresis.

La discontinuidad implica que en cualquier sistema pueden producirse cambios repentinos del comportamiento o de los resultados y entonces, al llegar a cierto punto, ya no es posible seguir manteniendo el mismo estado y se sufre un cambio brusco.

La divergencia es la tendencia de los pequeños cambios a generar grandes cambios. Si un avión tiene capacidad para 100 pasajeros, una demanda de 101 motivará la necesidad de utilizar otro avión mayor, y quizá la de tener que aterrizar en un aeropuerto distinto. En otras palabras, variaciones muy pequeñas en el punto de partida derivan hacia resultados totalmente alejados.

La histéresis es el fenómeno por el que el estado de un material depende de su historia previa. La tendencia de un material es la de conservar sus propiedades incluso en ausencia del estímulo que las ha generado, aunque también es cierto que si los comportamientos varían pueden conducir a que no se vuelva a la situación inicial. Un ejemplo muy simple de un proceso de este tipo es la longitud de una varilla metálica en función de la temperatura: si se superan ciertos grados la varilla metálica se derretirá, se le desprenderá un trozo y ya será imposible volver al estado inicial.

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La esclavitud se remonta a la Edad Antigua —Aristóteles llegó a sostener que era un fenómeno natural— y fue una práctica habitual hasta finales del siglo XVIII

Aunque todos estos términos son muy técnicos y relativamente recientes, en la práctica hace siglos que las partes más intrépidas de la masa social han venido protagonizando actos que han marcado el devenir político y social del mundo, afectando al sistema y llegando en algunos casos a modificar paradigmas: desde la lucha de los plebeyos contra los patricios por sus derechos como ciudadanos de Roma hasta la Revolución francesa, pasando por la rebelión de los esclavos africanos por toda América, por citar sólo unos ejemplos. Después de ellos, el mundo ya no volvió a ser el mismo.