08/04/2013

Somos lo que comemos

Desde su nacimiento con la comida rápida en la década de los 30 en Estados Unidos, la polémica sobre la nueva industria alimentaria no ha dejado de suscitarse. ¿Constituye realmente esta industria la solución a todos los problemas de subsistencia y abastecimiento? ¿Debemos pensar que sólo gracias a ella podríamos alimentar saludablemente a todos los ciudadanos de occidente, e incluso acabar con el hambre en países no desarrollados? O, por el contrario, ¿la industria de la alimentación no sólo no ha ayudado a erradicar el hambre sino que es responsable de generar nuevas enfermedades ligadas a este sistema de producción de alimentos a gran escala?

Las denuncias y las críticas proceden de diferentes frentes: ecologistas, grupos de granjeros y ciudadanos reclaman legislaciones que velen por los intereses de todos y no sólo por los de las grandes multinacionales de la alimentación. En lugar de ello, las leyes actuales de la principal potencia mundial (Estados Unidos) protegen al pequeño grupo de empresas que controla todo el proceso alimentario, desde el patentado de semillas resistentes a las diversas plagas y enfermedades –semillas que al convertirse en cereales servirán para alimentar al ganado– hasta el momento en que los productos se ponen a la venta en el supermercado.

Los argumentos críticos se articulan desde diversos flancos: como demuestran los datos del Banco Mundial, casi 2.800 millones de personas viven por debajo de la línea de pobreza y el hambre en el mundo sigue siendo el mayor problema social y político. El desarrollo de la industria alimentaria no ha beneficiado al 46% de la humanidad y la obesidad, la diabetes, el colesterol o las enfermedades ligadas a la nutrición han aumentado exponencialmente con la expansión de la industria de la alimentación. Las grandes multinacionales alimentarias, con el apoyo de gobiernos y leyes, impiden el desarrollo de las formas de explotación agrícola tradicional, hasta el punto de que éstas claudican ante sus presiones y manipulaciones. Los ciudadanos se sienten engañados cuando se les oculta cómo se manipulan genéticamente ciertos alimentos, su procedencia, los procesos de maduración que siguen frutas y verduras, etc. La aparición constante de enfermedades causadas por los alimentos que consumimos –por ejemplo, la encefalopatía espongiforme o los brotes de la enfermedad producida por la bacteria E. Coli 0157:H7– induce a pensar que estamos ante un problema muy serio cuyo responsable último es nuestro sistema económico y de producción, y este sistema afecta en último término a nuestra salud y bienestar físico e intelectual. Y la responsabilidad no reside sólo en el ciudadano que se alimenta, sino en una industria que modifica los alimentos y oculta la manipulación.

Parece que en gran parte somos lo que comemos. Y también que gran parte de lo que comemos está contaminado, adulterado y su proceso de producción ocurre tras misteriosas naves diseñadas para ocultar cómo se manipula lo que después nos llevaremos a la boca.

: Basado en un artículo de Iván Teimil y Asunción Herrera, de la Universidad de Oviedo (España)