19/05/2014

¿Cómo estás?

Es bastante común encontrar en lecturas etnográficas sobre pueblos indígenas cómo estos establecen relaciones y vínculos estrechos con su entorno o territorio. En el número 34 de la revista de la AETG (Asociación Española de Terapia Gestalt), dedicado a la Madre, hay un artículo del antropólogo Peter Rawitscher de Berkeley que describe la relación que mantienen los pueblos de Sierra Nueva (Colombia) con su territorio y entorno.

Para estos pueblos (Kogui, Arhuaco, Wiwa y Kankuamo) el territorio y entorno es la Madre, trabajan para sanar y cuidar a la Madre (la Naturaleza) y, a la vez, el cuerpo humano es el mismo cuerpo material y espiritual del territorio. Así, la gestión del territorio y el bienestar personal o del cuerpo forman parte de este mismo orden espiritual. Toda acción, pensamiento y emoción de la persona afecta el territorio, y, viceversa, cualquier característica del territorio afecta a la persona.

En un momento dado cuenta que en una reunión de los Wiwa se debatía qué hacer con unos campesinos vecinos: estaban pescando y realizando actividades de minería ilegal en los ríos, amenazando tanto al territorio indígena como a las comunidades. Mientras algunos indígenas proponían denunciarles, el chamán consideró, y cito textualmente: ‘Nosotros somos los responsables. Estamos atrayendo el problema, pensando mal entre nosotros mismos, sin respetar la ley de origen. Estamos afectando a la Madre, y ella nos está cobrando en la forma de robo de nuestro territorio. Tenemos que confesarnos y limpiar esto’. Según el autor, decidieron realizar algunos trabajos de sanación personal siguiendo las instrucciones del chamán y consiguieron que desapareciera el problema externo generado por los campesinos vecinos.

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Habitantes de Vanuatu, cerca de Nueva Guinea (foto Jimmy Nelson)

Este tipo de mirada, una que comparte un sentido de lo común, una vivencia de ser afectado por y estar afectando a un entorno —que incluye a las personas—, una mirada de cuidado y respeto, contrasta radicalmente con la mirada occidental. No quiero caer en el mito del buen salvaje y las supercherías que le acompañan sobre que viven más cerca de la Naturaleza (una manera de decir que viven más cerca de lo instintivo), que viven mejor con poco y son más felices que nosotros. Quizás en algunos aspectos sí, y en otros no. Quizás el peso de lo grupal a veces pueda ser desbordante para las personas que componen este tipo de sociedades.

Hace muchos años me contaron, y espero que no sea una leyenda urbana, que los indios norteamericanos (no sé concretar cuáles) se planteaban cómo una decisión que pudieran tomar podía llegar a afectar hasta la séptima generación de descendientes. En nuestras sociedades occidentales, donde lo que impera y se ensalza es el individuo y lo inmediato, estamos en el otro polo, enfrascados en nosotros mismos, perdidos en lo que me pasa a mí en particular. Perdidos también en lo mental y en explicárnoslo todo de una manera lógica y racional, huimos de cualquier situación que suene o huela a emocional. También nos perdemos en la cosa de aparentar, de crear una imagen incuestionable e inquebrantable de mí: desde la obsesión por nuestra presencia física —con una concepción monoteísta de la belleza— a dar la impresión de que lo tenemos todo controlado o que las cosas nos van muy bien. Lo que importa es lo que me pasa a mí, que salga bien parado yo, que tenga éxito yo. No vemos ni miramos más allá de nuestros ombligos.

Muchas veces me llama la atención lo poco que nos preguntamos los unos a los otros cómo estamos, no por quedar bien, sino con un interés real por el otro. Parece que los otros acaban estando para compararnos con ellos, o para pretender que me resuelvan a mí mis necesidades. Irónicamente nos sentimos muy solos y una de las enfermedades que más se diagnostican es la depresión.

Nosotros los occidentales podríamos recuperar algo de ese sentido grupal, de lo cuidadoso y lo respetuoso, y tener en cuenta cómo nuestras actitudes, decisiones y acciones individuales, sí repercuten en los otros y en nosotros mismos. También en nuestro entorno. Lo paradójico es que para empezar a ver a los otros, hay que empezar a mirarse a uno mismo. Aunque con otros ojos.