19/08/2013

Violencia directa, cultural y estructural

El triángulo de la violencia, definido por el sociólogo noruego Johan Galtung, identifica tres tipos de violencia y sostiene que el fenómeno tiene una estructura similar a la de un iceberg, ya que tras su parte visible siempre existe una mucho mayor que permanece oculta.

La violencia directa, que correspondería a la punta del iceberg, tiene como principal característica el hecho de que la mayoría de sus efectos son visibles, principalmente los materiales, aunque no todos: el odio generado, los traumas psicológicos creados o la aparición de conceptos como el de ‘enemigo’ son efectos igual de graves que no suelen ser considerados como tales. Al ser el tipo de violencia más conocida y evidente, es común pensar que es la peor de todas las violencias, lo cual no es cierto precisamente por esa visibilidad, que la hace más fácil de identificar y por tanto de combatir. Es importante señalar que este tipo de violencia es la manifestación de algo, no su origen, y es en los orígenes donde deben buscarse las causas y puede actuarse con mayor eficacia. La violencia directa no afecta a tantas personas como las otras dos, cultural y estructural, que formarían la parte oculta del iceberg.

La violencia cultural es una violencia simbólica, que se expresa en infinidad de medios —religión, ideología, lenguaje, arte, ciencia, medios de comunicación, educación, etc—y cumple la función de legitimar la violencia directa y estructural, así como de inhibir o reprimir la respuesta de quienes la sufren. Ofrece incluso justificaciones para que los seres humanos, a diferencia del resto de especies, se destruyan mutuamente y hasta sean recompensados por hacerlo: no es extraño aceptar la violencia en nombre de la patria o de la religión. Existe una cultura de la violencia en la que las escuelas y demás medios de transmisión y reproducción de cultura muestran la historia como una sucesión de guerras; la costumbre es que los conflictos se repriman por la incuestionable autoridad paterna, o por la autoridad del macho sobre la hembra; los medios de comunicación de masas venden el uso de ejércitos como la vía principal de solución de los conflictos internacionales, etc. De modo que la vida transcurre en un ambiente de violencia constante, que se manifiesta a diario en todos los ámbitos y a todos los niveles.

La violencia estructural aparece cuando, como resultado de procesos de estratificación social, se produce un perjuicio en la satisfacción de las necesidades humanas básicas: supervivencia, bienestar, identidad, libertad, etc. Está originada por todo un conjunto de estructuras, tanto físicas como organizativas, que no permiten la satisfacción de esas necesidades y es la peor de las tres violencias porque es el origen de todas, la que más mata y a más personas afecta. Es también un tipo de violencia indirecta y en ocasiones incluso no intencionada: las acciones que provocan el hambre en el mundo, por ejemplo, no están diseñadas y realizadas directamente con ese fin, sino que derivan de la política económica capitalista y el injusto reparto de la riqueza. Esto provoca que, al contrario de lo que ocurre con la violencia directa, en ocasiones las causas que producen la violencia estructural no sean visibles con claridad y sea más complicado enfrentarse a ella.

Siempre según Galtung, a menudo las causas de la violencia directa están relacionadas con situaciones de violencia estructural y justificadas por la violencia cultural: muchas situaciones son consecuencia de un abuso de poder que recae sobre un grupo oprimido, o de una situación de injusticia social —reparto de recursos insuficiente, gran desigualdad en la renta de las personas, dificultad de acceso a los servicios sociales— y reciben el espaldarazo de discursos que las justifican.