16/06/2014

Sobre la dinámica de la Historia

La Historia, sus cambios y la evolución de las sociedades viene marcada por una tensión entre la conservación y el cambio (S. Aguilar). La evolución de un ser o de una sociedad es el cambio que sucede en un estado concreto a uno siguiente y nuevo. El cambio es el resultado de la tensión entre las fuerzas que desean que lo que ya se tiene se conserve y las fuerzas que quieren que lo que se tiene cambie.

Normalmente, las fuerzas de la conservación vienen representadas por el poder, por los que dominan, por el establishment, por la norma, por los pocos y los que concentran. Asimismo, las fuerzas de cambio suelen venir representadas y representan a la mayoría, el demos (los que trabajan con sus manos, el pueblo), los que quieren que la estructura de poder les favorezca, los que no se conforman, los que quieren más, o mejor dicho lo que es suyo. En realidad, científicamente, lo anteriormente dicho no es correcto ni ortodoxo, porque realmente estas dos inercias que forman esta dinámica entre conservación y cambio no tienen cara ni identidad, son dos procesos sociales.

Detengámonos aquí. A veces, después de un momento de cambio y de avance social o de aumento de derechos para la mayoría, ese estado de conquista se convierte en el estado primordial, el ser de las cosas, cómo es el mundo en ese momento concreto. El último período que ha sido así fueron los que se han llamado ‘años dorados del capitalismo’ (E. Hobsbawm), donde después el Estado de Bienestar amplio dotó de derechos y de un mayor bienestar a la gran mayoría (dejando aparte las críticas que se puedan hacer al Estado de Bienestar mismo), y aunque en pocos momentos y normalmente muy breves de la Historia ha habido justicia social para la mayoría, las fuerzas de cambio han sido en esos momentos las que normalmente representan a las de conservación, en un intento de retornar a lo que se tenía, pero son, aunque conservadoras, fuerzas de cambio.

El último episodio de estas características empezó durante los años 70, donde a partir de diferentes procesos las fuerzas de cambio fueron en este momento conservadoras, queriendo ir hacia atrás, quitándole a la clase trabajadora (es decir, a la mayoría) lo que habían conquistado las antiguas fuerzas de cambio. Los capitanes visibles de este proceso fueron como ya se sabe Thatcher en Inglaterra y Reagan en Estados Unidos. Esa inercia de cambio sólo empezó allí (también con sus antecedentes propios) y hoy seguimos dentro de esta inercia concreta dentro de la Historia.

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Margaret Tatcher y Ronald Reagan, una relación que cambió la Historia (foto AP)

Antes de eso vivíamos en un mundo que grandes del pensamiento hoy vivos (A. Domènech y otros) han definido como un mundo post-antifascista, donde después del horror de los fascismos europeos (tristemente en España duró mucho más) y de las dos grandes guerras y antes el crack del 29, la inercia fue a favor del cambio y esta vez a favor de la mayoría. Se hizo la Declaración de los Derecho Humanos (1948) hasta pasar a la creación de los Estados de Derecho (o de Bienestar), con una lógica de derechos y mayor bienestar y libertad para todos, donde había un capitalismo controlado, regulado, mayor sindicalismo, organización y conciencia obrera. Donde el mercado se regulaba y la noción de fraternidad y colectividad humana eran un valor cada vez menos cuestionable, tanto para el poder como para el pueblo. Un momento en que la política económica por ejemplo de EEUU en los años 50, con Eisenhower (sin querer en ningún caso idealizar la política del político mencionado), tenían una tasa impositiva del 91% para las rentas más altas de 400.000$. Sí, sí, del 91% de redistribución a la federación de estados; aunque parezca increíble y no nos acordemos, hubo unos años en que el mundo, por lo menos a nivel económico, funcionó así. Es curioso que no lo recordemos y que datos como este hoy nos sorprendan ¡y sólo han pasado sesenta años! Y parece que sea un mundo que nunca existió. Pero de nuevo vinieron las fuerzas del cambio, esta vez para desposeernos, para privatizar, para acumular y el capitalismo ‘dorado’ se fue convirtiendo en un capitalismo feroz, caníbal.

Hoy vivimos dentro de esa inercia. La tensión no cesa nunca, pero claramente, hoy, la balanza está en manos de los que tiran de la dinámica de la Historia para que la mayoría no avancemos y seamos esclavos del capital, del trabajo y de lo privado, y esta vez a nivel planetario, rompiendo todas las fronteras, todo el mundo, capitalista o no, es engullido por este ‘tren sin frenos’ (Hobsbawm de nuevo) que es el capitalismo contemporáneo.

Se podría decir también que la dinámica de la Historia es una lucha de clases, lo dijo el odiado y querido Marx, pero para decirlo de una manera menos ‘incómoda’, una lucha entre oligarquía (el poder de unos pocos y los que ostentan el poder y la propiedad y no dependen de nadie para vivir, o mejor dicho del trabajo de muchos) y democracia (el gobierno de muchos, de todos, de los que trabajan con sus manos). Los momentos de triunfo de la democracia, de la voluntad del pueblo y de lo que beneficia al pueblo, han sido pocos y breves en comparación a los que ha dominado la oligarquía. Hoy vivimos en oligarquía, degenerada en una auténtica plutocracia (en griego antiguo, ploutos ‘riqueza’ y kratos ‘gobierno’), el poder lo tiene el poder mismo, en un proceso de acumulación por desposesión (D. Harvey), el poder financiero manda, el político claudica y la sociedad sufre.

Pero hay una diferencia crucial entre los otros momentos y el de ahora. Hoy los individuos de lo que se llaman sociedades avanzadas y las que no lo son, estamos, o podemos estar y valga la redundancia, muy avanzados a nivel de ideas, tenemos mucho conocimiento, y tenemos conocimiento o deberíamos tenerlo de todo lo dicho (venimos de lo que se ha llamado la sociedad del conocimiento), o por lo menos tenemos un pasado al que podemos acudir, para recordar y aprender. Nos han arrebatado algo que ya había sido nuestro, que ya no era discutido, que se pactó y se firmó, como la Declaración de los Derechos Humanos, que sea la mejor que se pueda tener o no (no entraré a valorar) es la que tenemos por el momento, y empezando por el primero de sus artículos y el más englobante ‘todas las personas tiene derecho a nacer libres e iguales’, ni siquiera en las sociedades donde no existen resistencias culturales para entenderlo como verdadero, y hasta el último de ellos, no se asumen y son vilipendiados por este sucio, corrupto y obeso sistema de poder.

La tensión una vez más está servida, el proceso de cambio abierto, el resultado dependerá de quién tire más y con más fuerza de la cuerda que tensa la dinámica entre la conservación y el cambio, pero no lo olvidemos: nosotros somos más y es al fin y al cabo nuestra existencia la que está en juego. Recurramos a la Historia, nos ofrece mucho de lo que aprender.